CONOCEN INTEGRANTES DEL BALLET INFANTIL DE LA UDEC LA DANZA DEL VENADO DESDE LA CREACIÓN EN MOVIMIENTO
*El taller no buscó montar una coreografía terminada. Su intención fue otra: abrir una puerta, generar un primer acercamiento y provocar preguntas.
En un salón de ensayos vibrante de energía, más de 50 niñas y niños observaron en silencio la escena que se desarrollaba frente a sus ojos. Una figura humana, acompañada por el sonido de semillas, cuero y agua, comenzó a marcar un ritmo antiguo. No fue sólo una clase, sino el inicio de un encuentro entre culturas, generaciones y lenguajes artísticos.
Así se vivió el curso-taller “Acercamiento a la Danza del Venado”, que tomaron las niñas, niños y adolescentes del Ballet Infantil de la Universidad de Colima. Fue un curso para enriquecer la formación artística desde la sensibilidad y la identidad.
El proyecto reunió a tres creadores con trayectorias distintas, pero convergentes. Por un lado, la maestra Perla Damara Cruz Reyes, directora del Ballet Infantil adscrito a la Dirección General de Difusión Cultural y catedrática en el Instituto Universitario de Bellas Artes de la Universidad de Colima, quien ha impulsado un modelo formativo que vincula la técnica con la construcción de identidad.
A su lado, la artista escénica Michelle Félix Escalante, originaria de Culiacán, cuya práctica transita entre México y Alemania, articulando danza contemporánea, investigación de campo e interdisciplina. Y junto a ellas, el compositor colimense Gilberto Moreno Ramos, especializado en creación musical para la escena, y cuyo trabajo explora la relación entre sonido, cuerpo y espacio.
El taller no buscó montar una coreografía terminada. Su intención fue otra: abrir una puerta, generar un primer acercamiento y provocar preguntas.
Desde su experiencia en comunidades indígenas de Sinaloa, Michelle compartió con las y los participantes un acercamiento a la Danza del Venado, no sólo como forma escénica, sino como práctica viva dentro de la cultura mayo-yoreme. “Quienes la practican, muchas veces lo hacen por una promesa, por herencia o por devoción, ya que la danza responde a los cantos de los músicos”, expresó.
En este contexto, explicó cómo el venado “no ejecuta pasos como tal, sino que interpreta lo que escucha, como si el canto le indicara cuándo beber agua, cuándo huir o cuándo descansar”.
La experiencia no se limitó a la palabra. En el salón, la maestra mostró objetos que también contaron su historia: tenábaris [cordones] hechos de capullos de mariposa, cinturones con pezuñas, ayales [especie de bules] y la cabeza del venado, elementos que despertaron curiosidad, asombro e incluso preguntas incómodas. “Algunos niños querían tocarlos, otros no. Preguntaban si el venado había sido cazado, y eso también abrió un diálogo sobre cómo han cambiado las prácticas con el tiempo”, compartió la artista.
A partir de ahí, el salón se transformó en laboratorio. Los ejercicios no partieron de pasos establecidos, sino de sensaciones y premisas corporales. “Partimos del cuerpo animal, de usar las manos en el suelo, de cambiar la mirada, de imaginar que vemos con otros ojos”, explicó Michelle. “No es aprender una coreografía, sino explorar cómo el cuerpo puede transformarse”.
El proceso implicó también un reto pedagógico, ya que se trató de un grupo amplio, con edades diversas, que requirió estrategias específicas. Sin embargo, la respuesta fue inmediata. “Me sorprendió mucho la disciplina que tienen y la forma en que se entregan al trabajo. Son niños muy abiertos y curiosos”, señaló.
En paralelo, la música construyó un paisaje sonoro en constante diálogo con el movimiento. Gilberto Moreno acompañó las sesiones en vivo, combinando instrumentos tradicionales de la Danza del Venado con elementos contemporáneos como batería y guitarra eléctrica. “Hay una relación muy cercana entre el sonido y el cuerpo. Lo que hicimos fue compartir ese diálogo que Michelle y yo hemos construido, pero adaptándolo para que los niños pudieran entrar en él”, explicó.
Destacó que, a diferencia de su trabajo habitual, con las infancias fue necesario estructurar más las dinámicas sin perder la esencia del proceso creativo. “Normalmente trabajamos de forma más libre, pero aquí fue interesante encontrar una manera de traducir eso sin perder el juego”, añadió.
Para la maestra Damara, estas experiencias son fundamentales en la formación artística y humana de las nuevas generaciones. “Los niños hoy están muy expuestos a lo global y muchas veces se alejan de sus raíces. Estos espacios les permiten acercarse a quiénes son, a su cultura, a su historia”, expresó.
Desde su perspectiva, el Ballet Infantil no sólo es un espacio de aprendizaje técnico, sino un lugar donde las infancias pueden reconocerse como sujetos creativos. “Ellos vienen a bailar, a jugar, a convivir, pero poco a poco se van descubriendo como artistas, y eso transforma su manera de verse a sí mismos”, señaló.
El laboratorio, realizado durante una semana con más de 50 integrantes del ballet, de entre 7 y 14 años, generó un ejercicio interno que permitió vislumbrar el potencial de este encuentro.
Dijo Damara que esta aproximación abrió la posibilidad de futuras colaboraciones donde la danza, la música y la investigación continúen entrelazándose.
Porque este encuentro, coincidieron los tres artistas, apenas comienza. Es un cruce de caminos donde la tradición no se replica, sino que se transforma, y el arte encuentra nuevas formas de habitar el presente.
Durante la entrevista, la maestra Damara Cruz Reyes y el músico Gilberto Moreno, expresaron un agradecimiento a Carlos Ramírez Vuelvas, coordinador general de Extensión, por su disposición y visión en este encuentro; a Rafael Covarrubias Ramírez, director del IUBA, por su acompañamiento y la disponibilidad de salones de ensayos con la artista invitada Michelle, y a Gilda Callejas Azoy, directora general de Difusión Cultural de la UdeC, por promover estos encuentros y apoyar la creatividad en sus artistas.

